ALEMANIA CAMPEON 1974 Y LA TV EN SAN ANDRÉS ISLA.
ALEMANIA CAMPEÓN 1974 Y LA TV EN SAN ANDRÉS ISLA
Hace más de medio
siglo, el siete de julio de 1974, por primera vez en su historia y en diferido
llegó la señal de televisión a la isla de San Andrés. Coincidencialmente ese
mismo día Alemania se coronaba Campeón Mundial de fútbol al imponerse en su
propia casa 2 goles a 1 al seleccionado nacional de Holanda (hoy Países Bajos)
y así los alemanes se convirtieron en campeones mundiales por segunda vez en su
historia.
Ese domingo del año
en mención había fiesta en la isla, todos pendientes de la inauguración del
canal isleño de televisión y la final del Mundial de fútbol.
En horas de la mañana
llegó la señal de televisión diferida en blanco y negro para tota la isla, con
programas como Tarzán, Hechizada, Mi bella genio y El Santo cuyo protagonista
era el actor inglés Roger Moore, pero en la serie de tv era conocido como Simón
Templar. Con esos y otros programas se iniciaba la fiesta isleña de ese
domingo, la cual se complementaba al medio día con la final del Mundial de
fútbol, la cual nos perderíamos en directo por televisión de acuerdo a nuestro
diferido sistema, pero estábamos listos
para escuchar por radio la final del Mundial por ondas hertzianas desde
Cartagena, Barranquilla o Bogotá (Radio Sutatenza), señales no muy nítidas, ya
que en la época la única emisora de la isla era Radio Morgan de Todelar, pero
no era encadenada a nivel nacional. Todos contentos, vimos televisión y
escuchamos el partido por radio.
De acuerdo a la
tecnología de la época esas series llegaban a la isla por avión a través de
vuelo comercial, eran unas cintas magnéticas de ¾ de pulgada. O sea que nuestra
televisión era una especie de betamax gigante para toda la isla, operada desde
sus instalaciones.
La entidad del estado
que administraba la televisión en Colombia se llamaba Inravisión y la estación
que instalaron en sector de La Loma la llamaron estación Simón Bolívar y su
primer director fue el periodista Emilio Zogbi, propietario en ese entonces del
tradicional Supermarket Mini Rey, que por muchos años estuvo en la Avenida
Providencia y hoy en día en el sector de Serie bay.
LA SORPRESA
En horas de la tarde
había un run run (chisme) que por la noche los isleños veríamos la final del Mundial
en diferido por nuestro nuevo canal y así fue, nos parecía increíble, pero la
verdad es que horas después vimos en diferido, en blanco y negro, la final en
la que Alemania se convirtió en campeón Mundial, al ganarle 2 goles a 1 a Holanda.
En 1978 los
holandeses repitieron el subcampeonato Mundial, al perder la final en tiempo extra
con Argentina (anfitrión) por 3 goles a 1 y nuevamente los isleños volvimos a
ver esa final en diferido por la estación Simón Bolívar.
Desde el Mundial de
España en 1982 los sanandresanos ya empezamos a ver mundiales de fútbol por
televisión en directo y a color. Ese año el campeón fue Italia que en la final
se impuso 3 goles a 1 a Alemania.
Recordando esa final
entre Alemania versus Holanda, que los sanandresanos disfrutamos horas después
por televisión aquel siete de julio de 1974, en el periódico El Tiempo
encontramos la siguiente crónica del famoso periodista, columnista y crítico argentino,
Jorge Barraza.
EL CARÁCTER ALEMÁN PUDO CON LA NARANJA MECÁNICA... (ÚLTIMO TANGO)
Recordando la final del Mundial de 1974
Jorge Barraza (El Tiempo,
15 de julio de 2023)
Era la décima final
del mundo, la quinta en la que no intervenía una selección sudamericana y la
primera de la historia en que una misma nación presentaba dos selecciones: Alemania
Occidental y Alemania Oriental. Una fue campeona, la otra tuvo el mérito de ser
la única que la venciera.
Fue el último Mundial
de Stanley Rous. Antes de disputarse la final ya había perdido la presidencia
de la FIFA y sobrevendría un cambio fundamental en la historia del fútbol:
entraba João Havelange, quien universalizaría este deporte y, sobre todo, los mundiales.
Holanda, una nueva potencia emergente, había mandado a jugar por el tercer
puesto a Brasil, gran dominador de la época.
LOS
PROTAGONISTAS
La final del mundo de 1974 no podía tener
mejores protagonistas. Holanda contaba con seis efectivos del Ajax (ya Cruyff
había jugado una temporada en el Barcelona,
pero venía de nueve años en el Ajax y ocho en la Selección con el mismo técnico e iguales
compañeros).
Los demás eran Suurbier, Haan, Krol, Neeskens
y Johnny Rep. Johan era uno más de ellos. Alemania presentó seis del Bayern:
Maier, Beckenbauer, Schwarzenbeck, Breitner, Uli Hoeness y Gerd Müller. Con el siguiente agregado: Ajax
había ganado las copas de Europa de 1971-72-73 y el Bayern se titularía en
1974-75 y 76.
La máxima constelación europea posible. Para
mejor, la media docena del Bayern jugaba en casa: el Olímpico de Munich. Que estuvo a tope. Los 75.200
espectadores pudieron ver in situ un
hecho histórico: el intercambio de banderines entre dos habitantes del olimpo
futbolístico: Franz Beckenbauer y Johan
Cruyff.
Fue un duelo precioso por la calidad de los
protagonistas y por la tensión con que se disputó. Eran dos máquinas. Conste
que lo estamos analizando 49 años después, sin la emoción del momento y fuera
de circunstancia, esta última tan relevante. Ya el fútbol comenzaba a ser
parecido al actual. No con la velocidad y la técnica de hoy. Después de haber
barrido en los cotejos previos, Holanda llegaba con el cartel de favorito, aun
cuando enfrente estuviese el local, ¡qué local…! Alemania. El choque fue muy,
muy equilibrado, se coronó quien supo marcar un gol más.
Un hecho terminó resultando decisivo: Helmuth Schön destinó un
especialista en marcajes a presión -Berti
Vogts- a perseguir a Johan Cruyff, un demonio genial. Enterado de
la movida táctica, Cruyff mandó a todos sus compañeros que se adelantaran y él
(centrodelantero) se quedó en la mitad de la cancha, cosa de que Vogts no lo
siguiera. Le pasaron la bola a Cruyff, arrancó con todo desde el círculo
central, ya embalado eludió a Vogts y al entrar al área Bonhof lo bajó: penal
claro.
Neeskens lo ejecutó demasiado al medio, pero
Maier se tiró antes a una punta y al minuto ganaba Holanda 1 a 0. Insólito
comienzo, impensado. Cruyff había hecho su diablura, pese a la estrategia del
comando alemán. Vogts no lo abandonaría más y el mítico número 14, lejos del área,
se dedicaría a patear córners, tiros libres y hasta de hacer los saques
laterales, para no ser presa de Berti, un mastín implacable.
Esto le quitó la incidencia que su enorme
categoría hacía presagiar porque debió moverse muy lejos del área. Técnicamente
era un jugador de 7 puntos, Cruyff, pero su valentía, decisión, inteligencia y
capacidad táctica eran fabulosas, todas de 10. Alemania le hizo sentir el
rigor, Schwarzenbeck le metió una entrada amedrentadora desde atrás. Pero el
holandés no se achicaba para nada.
Alemania presentó un equipo con once cracks,
seguro el mejor de su historia: Maier; Vogts, Schwarzenbeck, Beckenbauer y Paul
Breitner; Bonhof, Overath y Uli Hoeness; y arriba Grabowski, Gerd Müller y
Holzenbein. No había puntos débiles, buenísimos todos, Y actuaron con gran
solidaridad y determinación.
Schwarzenbeck era impasable, una roca
físicamente y con una cara que sólo una madre puede amar; semejaba un verdugo
de la mafia rusa. Y a Breitner sólo le faltaban el hacha y el caballo, pero
arrasaba pueblos; A esa sensacional formación, una Holanda llena de fútbol y
coraje le opuso a Jongbloed; Suurbier, Arie Haan, Rijsbergen (notable líbero
del Feyenoord) y Ruud Krol; Jansen, Neeskens y Van Hanegem; Johnny Rep, Cruyff
y Rensenbrink (éste, de pobre actuación).
A diferencia de la final de 1966, en la que
pasó inadvertido, Beckenbauer fue esta vez una figura imperial. Ahora jugó de
zaguero bien metido atrás (en Londres fue centrocampista), imponiendo respeto y
categoría, derrochando clase. Posiblemente uno de los futbolistas más elegantes
de la historia, pasaba por el costado de los rivales sin mirarlos, casi
ignorándolos, como si no existieran. Una personalidad colosal. Podría haber
sido mariscal, emperador, canciller de Alemania o presidente de la Mercedes
Benz.
Ejercía un dominio mental absoluto del
escenario y de su universo: compañeros, rivales, árbitros, público. Salía
jugando, le pegaba casi siempre con tres dedos y era un especialista en el
juego aéreo, un tiempista del salto y el cabezazo. Su don de mando y su
serenidad bajo toda presión en el área no tienen comparación con nadie.
Alemania nunca se desesperó pese a ir
perdiendo 1 a 0 desde el minuto inicial. Beckenbauer daba salida limpia,
entregaba el mando a Overath en la media y este orquestaba con cuatro diablos a
su alrededor: Bonhof, Hoeness, Grabowski y Holzenbein. Y arriba, al acecho, el
feroz Müller.
Alemania comenzó a pisar fuerte. Holzenbein,
un gambeteador, se metió a las 18 de Holanda esquivando piernas y Jansen lo
bajó. Penal. Lo ejecutó el bárbaro Breitner con seguridad (dicen que nunca
había pateado un penal) y empató: 1 a 1. Tiró rasante a un costado y Jongbloed
ni se movió. Nada que ver con los arqueros de ahora.
A los 42’, Bonhof desbordó por derecha a
Jansen, centro atrás y en una media vuelta tan típica suya, Müller clavó el 2-1
con tiro bajo y sorpresivo. Sería el de la consagración. Alemania imponía su
autoridad en el campo y justificaba la victoria. Un gol psicológico, Holanda
sintió el golpe.
Ese dominio teutón duró hasta los 20 minutos
del segundo tiempo, en que Holanda, con coraje y juego, empezó a meterlo atrás
y a crear situaciones como para igualar. Y seguramente lo mereció. No obstante,
Alemania se cerró bien en defensa y aguantó con un Maier muy eficiente y con la
actitud alemana tradicional: granítica. Al margen de los goles, Alemania tuvo seis
llegadas claras al arco de Jongbloed y Holanda siete al de Maier. Esto habla de
la paridad del trámite.
Muy curioso: pese a ser el 9 por antonomasia,
Müller jugó con el número 13, el 9 fue adjudicado a Grabowski. Y entre los 22
titulares no hubo nadie con el 10. La televisación ya era a color para aquellos
países que tenían ese sistema.
En Argentina
la recibimos en blanco y negro. Se introdujo la novedad de la repetición
de jugadas, no muchas, apenas los goles y alguna más. Alemania, en esplendor
económico, había organizado los Juegos Olímpicos dos años antes ahí mismo en
Munich y hospedó el Mundial con nueve estadios nuevos, muy modernos. Hubo, por
primera vez en las finales mundialistas, tres tarjetas amarillas, instauradas
en México ’70. Y debió haber más.
El inglés John Taylor, de buen arbitraje en general, no quiso desarmar el
partido. Pudo amonestar más e incluso le perdonó la roja a Cruyff por una
entrada contra Sepp Maier teniendo
ya cartulina por protestar. Lo pusieron nervioso, Alemania jugó a anular a
Cruyff para alcanzar el título, sabían que estaban ante un fenómeno. Amainada
su influencia, era un partido que se podía ganar. Y así fue.
Holanda, Subcampeón Mundial 1974 y 1978





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